El cielo es el límite (parte 2)

Vamos con la segunda parte del gran libro “El cielo es el límite” del maestro Wayne Dyer. Ahora me gustaría tratar el tema que denomina el autor como “el kilómetro y medio”. Interesante concepto que nos invita a pensar sobre nuestra vida y nuestras metas. La distancia total entre los puntos de la vida y la muerte es exactamente un kilómetro y medio: 1.500 metros. Así podemos tener una imagen visual de nuestra vida.

Esta extensión puede recorrerse de varios modos, pero al final de ella nos encontraremos con la muerte, lo mismo que el resto de los seres humanos que han vivido en este planeta. El último metro es la muerte, y los otros 1.499 metros es la parte más amplia: es toda nuestra vida. Ahí competimos con los demás, ganamos dinero, creamos una familia, ahorramos para el futuro, adquirimos una cultura, aprendemos las reglas del juego y el dominio de todas las técnicas necesarias para poder funcionar en una cultura externamente orientada como la nuestra.

La sensación de un significado y un objetivo en la vida que lleva a controlar ese metro crítico (el metro final) ha sido en general ignorada en pro del aprendizaje de las normas necesarias para esa otra parte mayor. No podemos ser competentes en algo que ignoramos. Tener una sensación de objetivo en la vida es algo inseparablemente relacionado con el hecho de convertirse en un individuo sin limites, con el hecho de correr riesgos y de perseguir la satisfacción y la plenitud propia, y rechazar la idea de ser un individuo que se comporta exactamente como los demás.

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Nuestro adiestramiento en el desarrollo del sentido interno y personal de objetivo en la vida y de paz interior es casi nulo. Nos han enseñado cosas externas durante tanto tiempo que resulta difícil hasta pensar en términos trascendentes. Nos han condicionado a pensar en términos locales, en fronteras y barreras, en vez de hacerlo en términos humanísticos y globales. Los que han logrado articular su sensación personal de objetivo en la vida, han logrado siempre ese objetivo trascendiendo su propio yo, pensando en términos de toda la humanidad y en hacer de este planeta un lugar mejor para todos. La sensación que uno tiene siendo bueno con los demás, mejorando el mundo, mejorando la calidad general de la vida, casi siempre nos aporta la sensación de un objetivo vital.

Debemos sentirnos satisfechos con nosotros mismos y con lo que hacemos, porque de lo contrario tendremos esas sensaciones desmoralizadoras de aburrimiento, tedio y vaciedad que se producen cuando convertimos la porción mayor del kilómetro y medio de nuestra vida en esa parte externa (vacía) y dejamos como único dominio de nuestro yo interno al metro restante. Todos hemos leído cosas sobre personas que han estado al borde de la muerte y han salido de la experiencia con una filosofia de la vida completamente nueva. Cuando la gente ha experimentado cosas así, casi siempre su vida experimenta un cambio, de modo que el viejo “metro crítico” pasa a convertirse en los 1.499. En otras palabras, para que los individuos centren su vida en ese sentido de objetivo y significado, hace falta que pasen por una experiencia decisiva.

Estos individuos que están cerca de la muerte, suelen renacer, abandonan su vida precipitada de antes. Empiezan a dedicar su vida a las cosas que les satisfacen plenamente, y deciden relajarse más, disfrutar más tiempo de la maravilla de estar vivos. Su contacto con la muerte es el catalizador que les permite renovarse y convertir sus vidas en algo más de lo que eran anteriormente. Si construimos una casa que se cimiente en un solo sistema de apoyo, y ese apoyo concreto se desmorona, o si edificamos nuestra vida en torno a una persona, una actividad, un trabajo o sistema de apoyo de cualquier tipo, y ese apoyo concreto desaparece, se derrumbará todo. La película del director Mike Nichols “A propósito de Henry” lo relata a la perfección. Es una de mis películas preferidas porque recuerda lo que es verdaderamente importante: “Ser una buena persona y poner en orden nuestras prioridades”.

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Abraham Maslow escribió estas palabras: “Estar buscando milagros en todas partes es para mí un indicio seguro de que se ignora que todo es un milagro”. Captar esta verdad fundamental es esencial para convertirnos en individuos con un sentido de objetivo en la vida. Si miramos a la vida con ojos nuevos, habremos dado el primer paso para tener un auténtico sentido de objetivo vital propio.

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